¿Cómo convivir con mi duelo?

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El duelo y la aceptación de la muerte, del vacío que se genera con la ausencia de las personas en nuestra vida y en el plano de la vida real es un desafío que a todos nos va a tocar enfrentar más de una vez en nuestra vida.

En general, para nuestra mente es difícil comprender este concepto de vacío que implica la muerte, la ausencia que supone. Si a eso, además le sumamos el hecho de que muchas veces la ausencia implica la pérdida de afectos y vínculos importantes para nosotros, entonces este acto de desapego se vuelve más difícil aún.

El proceso de aceptación de esta nueva “realidad” sin la presencia de aquella persona que hemos perdido es todo un camino a recorrer y tiene distintos momentos y desafíos.

Más allá de las distintas etapas que se atraviesan generalmente en un duelo (a saber: negación, ira, negociación, depresión y aceptación) y de que podríamos hablar en profundidad de cada una de ellas, me gustaría detenerme en la reflexión sobre como se convive en el día a día con esta pérdida, con esta ausencia.

Desde una mirada menos ortodoxa de la vivencia del duelo, podemos observar que muchas personas describen su vivencia con sentimientos encontrados porque, a pesar de que existe un vacío físico muy doloroso e importante, también hay una sensación de “presencia” muy real y que los acompaña con fuerza sobretodo en los primeros meses del duelo.

Esta presencia es para mi un mágico regalo, pero muchas veces es pasado por alto o mirado como algo negativo incluso, considerándolo casi como una especie de negación. Sin embargo lo que esta presencia hace es dar cuenta del vínculo que teníamos con esa persona y cómo eso se mantiene presente a pesar de las circunstancias físicas.

Las emociones y sentimientos hacia las personas, si bien se dirigen hacia personas concretas y tangibles, son intangibles en si mismas y no pueden ser más que percibidos de una manera sutil por quien lo siente. Pero algo muy mágico pasa en la vinculación, en la relación con la otra persona que esa emoción, esa relación intangible es capaz de llegar a otro también y generar una sensación percibida como completamente real. Así es como podemos sentirnos amados a pesar de que quizás no tengamos lenguaje, o sentir la cercanía de personas que se encuentran físicamente lejos. El vínculo tiene un poder que es capaz de sostener “energías” o emociones intangibles entre una o varias personas, es como algo que tiene vida propia.

Y esa cualidad del vínculo se mantiene independiente de la presencia física de las personas en la relación, es algo propio del vínculo y se expresa en los planos del corazón, de nuestro mundo interior. Es por esa razón que cuando una persona muere, su “presencia” se hace tan fuerte y nos hace sentir que incluso seguimos estando acompañados por ella. Es porque estamos experimentando la fuerza del vínculo en su máxima expresión, es como sentir al vínculo “crudo”, sólo vínculo, sólo conexión, sólo amor.

El problema viene cuando no reconocemos esa conexión o pensamos que estamos negando la realidad o hay quienes incluso dudan de su salud mental. En lugar de confiar en su percepción, de confiar en la fuerza de su relación y darle la valoración y validez al vínculo que este tiene, dudan de lo que están sintiendo y permiten que la pena, la desolación o la frustración ocupen ese lugar.

Creo muy importante visibilizar este tema puesto que es muy recurrente entre quienes sufren pérdidas y muchas veces es un tema que se calla para no generar las dudas respecto del proceso de sanación. Y el reconocer la existencia de este vínculo, su valor real y su aporte al proceso de aceptación del duelo, es un gran regalo y una compañía que nos ayuda a ganar confianza en nosotros mismos, en nuestras relaciones y en nuestra capacidad de construir vínculos potentes y duraderos que superan los límites físicos. Esta comprensión es un gran apoyo para sostener pérdidas y es importante reconocerlo en uno mismo así como también ayudar a visibilizarlo entre nuestros cercanos que vemos están pasando por momentos de pérdidas difíciles y dolorosas.

Aceptar la presencia como un regalo y no dudar de nuestras emociones, es la mejor manera de convivir con los otros, con quienes ya han partido, y sobretodo, con nosotros mismos.

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